sábado, 8 de mayo de 2010

Mi cuerpo tiene la palabra (3)

 Parece que mi papá ha decidido alimentar mi cuerpo de magia; me siento en el piso, mis oídos se paran en primera línea y papá me recita “La elegía del niño mariscador” y otros muchos poemas, pero éste, especialmente éste... me produce algo blandito y con un poquito de dolor en el corazón, parece que eso se llama tristeza…, me gusta este sentimiento, me gusta también cuando en mis pensamientos imagino a ese niño al borde del mar…, chiquito y solo, sin embargo no tiene miedo porque la luna lo ilumina y eso me da tranquilidad, entonces cada vez que papá me invita al mundo de la magia, le pido que me recite “El niño mariscador”…

Aunque no sólo tristeza siento, otras veces mi cuerpo se enciende, parece que estuviera lleno de chispas, es cuando papá me cuenta historias de viajes, los de aquel bisabuelo, marino mercante, que navegaba desde Masnou -en Barcelona-hasta Montevideo, pasando por Cuba, en su bergantín goleta “Ana”, ¡sí, ése era su nombre!!!! cuando yo lo escucho mi corazón salta, salta porque ¡ese barco tiene mi mismo nombre!!! y siento que esas chispas me encienden porque me gusta todo lo que ese barco vive, viajes en el mar, tormentas de las que sale airoso, paisajes exóticos y misteriosos, aventura de lo que es diferente…, velas desplegadas al viento, ¡tres!!! y ¡se llama como yo!!!!! Aunque yo, cuerpo, soy pequeño todavía, me siento enoooorme, como el barco, navegando en vaivenes deliciosos como cuando te pasan la mano en redondito por la espalda, desplegado en el aire como las velas, como cuando el viento tibio de las tardes de verano sopla suave y trae para vos los sonidos de la orquesta de los árboles, entonces abrís grande los brazos, muy grande y ese viento se te mete adentro para hacerte volar…

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