jueves, 8 de abril de 2010

Las cosas de la Vida (1994)

     Era una tarde gris y fría de invierno. La gente apresurada se disputaba un lugar en la parada de los ómnibus intentando ganar unos minutos para llegar a la calma, al bullicio o quién sabe, tal vez a la soledad de sus hogares.
     Ella caminaba como si el tiempo no contara, disfrutaba de las calles, de la fina llovizna que hacía correr a todos, de ese movimiento poco armónico, de los ruidos disonantes… de un instante que nuca se repite, de esa tarde fría y gris.
     Mientras pasaba frente a un bar sintió deseos de detener su marcha, llamada por un aroma tentador, ¡sí! Afuera quedaban el frío, las corridas y los ruidos.
     El bar estaba lleno, pero allá en ese rincón, justo al lado de la ventana vio una mesa libre. El mozo le sirvió un café y en compañía de su infaltable libro se disponía a volar por un mundo de fantasías cuando una voz la interrumpió en el umbral de ese mágico momento:
     - Hola, ¿aceptarías compañía? No hay más mesas libres y cuando te vi pensé que podríamos compartir un buen momento.
     Levantó tranquilamente la mirada de su libro, lo miró y respondió:
     - … Sí, ¿por qué no? –la gente siempre la intrigó.
     Luego de un breve y algo estereotipado intercambio de frases, clásicas en esas circunstancias, preguntó él con aire curioso:
     - ¿Te molestaría si te pregunto la edad?
     Pregunta hecha con el tono de la curiosidad que traiciona una necesidad inconsciente de ubicar rápidamente a la gente en un marco de referencias familiares.
     - ¿Mi edad? No sé…, no sé qué edad tengo –respondió ella y quedó pensativa, ovillando y desovillando la pregunta aparentemente tan obvia y tan simple.
     Él esbozó una sonrisa como disculpándose por esta indiscreción y para excusarse explícitamente de tamaña imprudencia, con un tono cargado de humor y cierta picardía exclamó:
     - ¡Evidente!, a las mujeres les cae mal que les pregunten la edad, especialmente si han pasado los treinta…, me siento algo torpe…
     Y el gesto acompañó una intención provocativa que delataba la necesidad mal disimulada de este dato casi imprescindible para él. Debía saber rápido, muy rápido frente a quién estaba sentado, pues uno no se comporta de igual modo con una mujer de veinte que con una de treinta, menos aún con una de cuarenta y ni qué hablar de una “señora”, respetable señora de más de cincuenta…
     A todas luces el comentario hecho invitaba a una respuesta explosiva, ya fuera por el sí, ya por el no. Pero como saliendo de sus pensamientos, ella con gran calma respondió:
     - Disculpá la distracción, me quedé dando vueltas a la pregunta que me hiciste. Es tan corriente que te parecerá un sinsentido si te digo que no me resulta fácil presentarme por mi edad; a decir verdad, mi edad te daría sólo un pequeño dato de quién soy. Pero bien, como no quiero provocarte una terrible desazón, ni tampoco crear misterio, te lo diré, tengo treinta y nueve años.
     - ¡Treinta y nueve!
     Fue tan efusiva la exclamación que ella sintió muchas ganas de reír. ¿Sería esta edad una enormidad? ¿Con respecto a qué? Tal vez con respecto a lo que él había imaginado cuando la vio en aquel rincón, o a lo que ella aparentaba cuando él, con tono galante y muy cortés le propuso esa tarde compartir un buen momento. ¿O… sería tal vez mucho menos de lo que él había supuesto? Para despejar estas elucubraciones, ella sintió que debía reafirmar, sin duda, lo que acababa de decir:
     - Sí, treinta y nueve, pero ¿sabés? Me gustaría conocer cuánto puede decirte la edad acerca de una persona…
     - ¡Pues claro! ¡Por cierto! ¡No sólo me dice algo, sino mucho! Puedo enseguida ubicarme, darme una idea de cómo debés ser, de lo que puede gustarte…, en fin, del tipo de vida que llevás… Apuesto a que tenés hijos adolescentes – dijo él con la seguridad de la apuesta que no falla.
     - ¿Hijos adolescentes? No, no tengo hijos.
     - ¿No tenés hijos? ¡Oh!,…, disculpá…
     - ¿Disculpá? No entiendo, no creo que debas disculparte …
     - Sí, claro… Lo que pasa es que tal vez mi exclamación estuvo fuera de lugar. Me disculpo porque imagino lo que debe ser para una mujer de tu edad no haber tenido hijos…
     - Oh, no…, esto me hace gracia, me desconcierta tu desconcierto y encuentro muy cómica esta situación.
     - ¿Cómo podrías encontrar cómico algo tan serio?
     - Si te referís al comentario que acabás de hacer acerca de los hijos, sí…Mirá, me gustaría decirte que lo encuentro bastante menos serio que las cosas que me gustan, que los seres que amo, que la actividad que tengo, que aquello que pienso, que lo que sueño, que lo que siento. Todo esto es lo que vale, es lo que tengo y aquello por lo que soy, por lo que vivo. Soy con lo que tengo, con lo que siento, con mi mundo y no con aquello que pudo haber sido y no fue. Eso ya pasó y simplemente, no fue.
     Era manifiesto que se veía algo perturbado después de haber tenido que reacomodar todas las piezas de su tablero. Sin saber muy bien ahora cuál sería su próxima jugada, pero en la tentativa de que el hilo de la conversación no se cortara todavía, atinó a preguntar:
     - ¿Y cómo te sentís?
     - ¡Hombre!, no ha sido esto una enfermedad y mucho menos contagiosa… “Cómo te sentís” podría alguien preguntarme después de una gripe, entonces le respondería, “me siento mejor” o “igual que ayer”, “`peor que ayer” o “ya estoy bien, totalmente recuperada”. Pero claro, a veces pienso que a los ojos de mucha gente esto puede asemejarse a la enfermedad… ¿No sería más propio acaso preguntar “qué sentís?”
     - No sé, la verdad es que a esta pregunta no sabría qué contestar si estuviese en tu lugar -concluyó él bastante confundido ya.
     La situación era difícil pues acababa de cortarse la posibilidad de un extensísimo diálogo en el que hubiera habido lugar para un largo intercambio de frases como “los míos son iguales”, “todo lo que hago por ellos y sin embargo…”, “ellos logran cualquier cosa de mí”, colegios, idas y venidas terribles a las fiestas, noches trasnochadas de espera y tantas otras cosas más.
     - En realidad a veces siento que no tengo edad, entonces me percibo muy libre…, a veces soy una viejita, otras tengo diez años, en ocasiones vuelvo a tener dieciocho…, algunas, soy una señora muy seria y otras tantas soy así, como ahora, como me ves. Pero, como te dije recién, nací hace treinta y nueve años y algunos síntomas de mi edad podés ver…, si observás con atención descubrirás alguna cana y verás también alguna arruga, además podría decirte que a veces me duele la columna, u otras cosas, pero esto no es más que un pequeño, un mínimo detalle.
     No, él ya no podía ni sabía cómo sostener esta conversación, no le quedaban tampoco jugadas por hacer, no conocía las reglas de este juego y comenzaba a sentir un extraño malestar. Se apresuró a terminar su café y mirando inquietamente su reloj recordó, casi sorpresivamente, que una hija inexistente lo esperaba a la salida de su clase de inglés…

     Afuera la tarde se dormía acurrucada en el frío, aquí, dentro del café, ella se perdía en el mágico mundo de su libro…

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